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martes, 8 de noviembre de 2011

PINZAS DE BATERÍA

PINZAS DE BATERÍA

Desde que me saqué el carnet de conducir llevo pinzas de batería en el coche. Hasta hoy. Por varias razones: solidaridad, conveniencia, seguridad y porque sigo conduciendo cacharros todavía.
La última vez que falló mi batería, por el típico olvido de luces encendidas, volví a pedir el favor.
Favor que cada vez está más difícil de obtener. Personal poco colaborador, tontería varia, etc.
En el sitio del suceso, solo había un coche. Dos chicas-señoras en la edad media (40-50) con algunos niños (2 o 3).
Saco mi sonrisa de paseo, le echo jeta y consigo que la dueña del Renault no se cuantos suba un momento de la playa fluvial a colaborarme. No muy convencida, la verdad.
Con los coches colocados de cara, los capos abiertos y las pinzas en mi mano listas para morder bornes escucho parar, a nuestro lado una moto de 600cc.
El chico-piloto, guapo, listo y atento le dice a la señora que: “ojito”, “estos coches nuevos, la centralita y no se que vaina”.
La señora cambia de parecer al momento, agradece al efebo su consejo, pasa de mi, reaparca el coche, lo cierra y se pira.
Yo y mis pinzas nos miramos entristecidos por aquel brusco final de un posible romance.
El caso es que después de un rato un conocido y vetusto Land-Rover que yo había llevado a Galicia desde Madrid – casualidades de la vida –  dio batería a mi cacharro y salí de allí.
Yo siempre había parado en la carretera a ayudar a los demás. Amigo conductor y todo eso. Una vez de noche, paramos porque a un trailer aparcado en la cuneta le salían llamas de una rueda. De casualidad yo tenía un extintor de spray, se lo di al camionero que con él apago el fuego. No se porque el no llevaba. Ya despidiéndonos vemos – era de noche y antes no nos habíamos dado cuenta – que el camión era cisterna. “Oiga jefe por curiosidad: ¿que lleva en la cisterna?”. “Xileno”, nos contestó aquel cabrón. Vale, vale chao. Y salimos de allí escopetados mi compañero y yo. Ya a un kilómetro me dice Luis: “Será hijoputa, acelera”.
Lo que yo no sabía es que la solidaridad cambia, muta, se transforma.
Sólo me di cuenta el invierno siguiente.
Doce y media de la noche en una comarcal portuguesa. Salgo de una curva y en la pequeña recta siguiente una chica-señora, en la edad media (40-50), levanta una mano como indicándome que pare. Mi mente ágil, despierta y fulgurante examinó la situación en una décima de segundo:
-          Coche en cuneta, con rueda de repuesto en suelo y chica-señora con sonrisa, igual a pinchazo. El típico blanco y en botella. Será que no sabe cambiar la rueda. Imposible pensar eso, discriminación de sexos. Me dice el subconsciente.
-          Mi solidaridad mutante añade: vamos a ver, el clásico truco o el viejo truco. Te paras, te atracan y de propina estos dos portugueses escondidos detrás del coche, que están muy salidos, te arreglan el ojal. La cosa ya parecía más realista.
-          O la tercera opción, la chica espera que le cambies la rueda y luego va y te viola.
¿Pero donde está tu antigua solidaridad, protesta mi cerebro?
Debe estar con las pinzas, olvidada, en el maletero de un Renault no se cuantos nuevo del trinque.
Lo reconozco, yo quería parar, socorrer a la necesitada. Pero me traicionó el subconsciente. Mi solidaridad en estado de transformación.
Un segundo después de entrar en la recta, resuelto ya el dilema moral, subo el volumen de la música y escucho a Steve Jordan cantando su corrido:
“Ese adiós, ese adiós que me das
  Hace tiempo lo estaba esperando”.
Además ya llego tarde al baile. Pienso justificándome mientras acelero a fondo dejando atrás a la bella dama.
El remordimiento de conciencia me hace subir un poco más el volumen para oír el final de la canción:
Yo nací pa vivir sin amor
Hasta el cielo pa mi se oscurece
Seguiré con mi amargo doloooooor
Esperando que venga la muerteeeeeeee.
Entonces vence la razón, la evidencia y oigo una voz exterior.
“Con esto de las centralitas electrónicas no estas nada centrado cabrón. Se te va la pinza”. Me dice mi angela de la guarda, esa que nunca me falla, mi tía Lola que en gloria esté.
Tiro del freno de mano bordando el contrabandista en medio de la carretera, gas a fondo y voy p´allá prietita.
Ahora es Ramón Ayala el de la ranchera:
Hay que darle gusto al gusto
La vida pronto se acaba.
“Muy boas noites minha señora, ten que perdoar, mais ando mal de frenos”.
Me oí decir, ya con las pinzas de mi batería colocadas cada una en su polo correcto.

José Juan Aparicio.





viernes, 4 de noviembre de 2011

UNA BALA, UN BESO Y UN PESO.


UNA BALA, UN BESO Y UN PESO

Si me dieran una bala, para cada uno de mis enemigos, tendría parque para una guerra.
Si me dieran un beso, cada una de las mujeres que he querido, mediría la ternura por costales.
Si me dieran un peso, por cada idiota que he escuchado, sería millonario.

José Juan Aparicio.